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¿Qué es para vosotros la Navidad? ¿Luces de color que parecen de algodón? ¿Familias reunidas que juegan juegos? ¿Qué os sucede en la Navidad? ¿Por qué celebráis la Navidad? ¿Cuál es el primer y máximo motivo? ¿Os visita Papá Noel o los Reyes de Oriente? ¿Os gusta la Navidad?

La Navidad, en sí, como hecho, como fecha, tiene una gran controversia para mí. Durante todo el año la anhelo, sobre todo desde que comienzan las clases en Septiembre pero una vez es Diciembre y ya me encuentro de vacaciones, no la quiero en mi vida. La Navidad es un capricho pasajero porque implica descanso, tranquilidad y un aburrimiento merecido, pero también implica reunirte con la familia. Y dependiendo de la familia...

Ese en concreto es un buen motivo que me retumba la Navidad. Porque la Navidad está hecha para disfrutarla en familia, para conmemorar lo que cada uno desea. Pero en algunos momentos uno se da cuenta de que desea celebrar la Navidad con media familia, no con la familia entera. ¿Remordimientos? ¿Arrepentimiento? No, hace mucho tiempo que me di cuenta que la vida es como es y que no se puede hacer nada por ganar algo que no se tiene a base de fuerza bruta.

Pero volviendo a la Navidad, cuando estoy en ella me da nostalgia de Madrid, nostalgia de estar en mi casa embutida en una silla e hincando los codos (aunque no os confundáis, que eso lo hago de vacaciones también). No sé, no me da nostalgia de nada pero quiero volver a donde estaba. De la Navidad salvo un par de cosas, y no me parecen suficientes como para querer que dure mucho más.

En mi Navidad se celebra la familia, o así la concibo yo. No soy católica, vamos, digamos que soy atea, y celebrar la Navidad así como si nada es tener un par de narices grandes, grandes, de eso no me cabe la menor duda. Pero sé lo que significa la Navidad, de donde viene y que hay personas que todavía creen en ella y eso es mucho más de lo que sabe la mayoría de la gente de este país. Y en parte siento envidia de la gente que consigue darle un significado a la Navidad, al igual que le dan un significado a la Semana Santa. Quiero decir, todas las festividades importantes de este país, en su gran mayoría, son católicas y yo como atea que soy no tengo ni una sola festividad atea, lo cual, llegado el caso de suceder sería cuanto menos curioso en este nuestro estado “laico” apostólico romano.

A fin de cuentas y como comentaba con un amigo antes de venirme de vacaciones, la religión está en todas partes y negarla es como negar la historia de tu país ya seas patriota o renegado. Y la Navidad es más historia, ya seas de Papá Noel o de Reyes o de ambas. ¿Y sabéis qué? Que ayer descubrí que Papá Noel es la representación de un obispo de la Edad Media que era querido y venerado como el que más por el pueblo, así que toma Navidad en el Papá Noel de la Coca-Cola.
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Un descanso, que nunca viene mal. Se supone que tendría que estar estudiando para los finales. ¿Y sabéis que sucede? Que todos los días me levanto a las nueve de la mañana, frecuentemente sin siquiera esperar a que suene el despertador, y cuando llegan las 12 me desinflo. Tengo 3 horas máximas de rendimiento y luego me agoto. ¿Por qué? Por lo que estudio. La Física es bastante aburrida si tienes en cuenta que todos los problemas son iguales y aún así hay muchos que no entiendes ni en los enunciados. Pero ahí sigues, en tus tres horas máximas de todos los días.

En ningún momento he estudiado por la tarde. De hecho, es lo que tiene la Navidad, que pretendes estudiar pero no depende de ti, depende de los planes que la familia te tiene reservados. Y así estoy yo, con esas de todas las tardes ocupadas sin hacer nada, porque tampoco es que te las ocupen en algo sustancioso. Y así estoy yo, perdiendo las mañanas más allá de mis tres horas máximas de rendimiento. Vamos, que si el día tiene 24 horas, mi rendimiento es de un 8% y doy pena. Ni una bicicleta.

Y tampoco llevo muchos días estudiando, que se diga, de hecho perdí un día entero entre que sale en avión y rechines. Porque es lo que tiene vivir en el carajo, que tardas una hora en llegar al aeropuerto, que tienes que estar dos horas antes, que tardas una hora en llegar al destino y que tardas dos en esperar a tus padres y otra hora en llegar a tu casa vacacional, que mira por donde, también se encuentra en el carajo. Todo muy extendido, como El Señor de los Anillos.

Pero si algo bueno tiene el viaje es lo mal que lo pasas. ¿Contradictorio? No, porque una ya tiene espíritu de líder, de jefa de proyectos y de toca narices. Y cuando ve cosas que no le cuadran, no duda en decirlo. ¿Qué la azafata de facturación es medio lela? Pues una lo tiene en cuenta y lo expresa claramente. “La puerta es la E83, vayan rápidamente” nos dijo, cuando nos faltaba tres cuartos para embarcar. Bueno, tres cuartos teóricos, en realidad en ese momento eran 25 minutos.

Tan lela no era, teniendo en cuenta que tardamos casi 10 en el control de seguridad. Que si quítese las botas, que si el ordenador fuera. Y una así, con cara de fastidiada, porque tiene los regalos sorpresa en la misma mochila que el portátil y le van a joder la sorpresa. Pues no saco el portátil, y me hacen pasar de nuevo con éste fuera. Y de nuevo, que tengo que pasar de nuevo: “tiene usted un aparato electrónico en la mochila”. Ninguno había, pero yo sorprendida, a lo mejor alguien me ha metido una Tablet o un Smartphone y yo sin darme cuenta. No, era la calculadora. “Señora, es una calculadora”. “Es que en el monitor parece otra cosa”. ¿Qué va a parecer una calculadora? ¿Spider-man? Y yo que pensaba que la calculadora de electrónica tenía poca. Programable puede, pero electrónica.

Y llegas a la puerta de embarque, que de casualidad es la última de todo el aeropuerto. Vamos, que casi no vamos a la T4 desde la T2. Y el señorito de la puerta de embarque no tiene ni idea de cómo son las claves para entrar al usuario, porque es algo normal, cómo te vas a acordar de unas claves que usas todos los días, válgame el cielo. Ahí se ampliaron los 25 minutos a tres cuartos de hora porque por lo visto ni se acordaba él, ni 3 personas más que vinieron.

Para terminar, por si no habíamos tenido bastante, excluyendo a la gente retrasada mental que se pasa veinte minutos haciendo cola en la puerta para entrar al avión cuando saben que los últimos entran los primeros y que si llevas tanto tiempo haciendo cola y yo me siento en la última fila y ella en la quinta, entro yo primero; las azafatas se divierten metiendo gente de extranjis en el avión. Ale, tú eres mi friend y yo te meto en el vuelo, que como es un puente aéreo, aquí nadie hace mucho caso.

¡Ah! Y no nos olvidemos del tonto que no reconoce maletas. Porque estar en la cinta de las maletas y que un chaval revise cada una de las maletas que pasa es raro cuanto menos. No sé, que confundas tu maleta con la de otro pasa, pero que la confundas con todas...ya es de vicio o de tonto del capirote.

Divertido, cuanto menos esto de los aeropuertos. Y yo le decía a mi hermana: “menos mal que me he metido a motores, porque como al final termine en aeropuertos hay despidos semanales”. Y luego preguntan que por qué está tan alto el paro. En crisis estaremos, pero es que con la panda de incompetentes que hay en el mundo, bienaventurados los que se salven de la estupidez, porque para ellos será el trabajo. Yo propongo al INEM una cosa: que hagan una fila de parados prósperos y otra de parados sin remedio. A ver si así aligeramos con esto de la crisis.
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A veces escribo cosas y no me entiendo. Dejo escritos pendientes, de estas ideas maravillosas dignas de compartir aquí. Pero es lo que tiene las cosas pendientes, que se quedan ahí y nunca se realizan; si no, ¿por qué existen estos fantasmas que se quedan atados a la realidad por causas pendientes?. Y no, no creo en fantasmas pero es que hace poco pensé en Casper y dije: mira, éste tenía cosas pendientes.

Esta mañana pensé en aquello que dije de escribir treinta y pico entradas en sólo las Navidades y aunque cada vez está más cercano el día en que eso se quede pendiente (porque ya voy muy justita de tiempo) me decidí a disminuir un poco el número que nunca se hará realidad. Hace poco me escribí en el móvil el título de una entrada que quería hacer. Sé que pensé que no hacía falta añadir nada más porque me acordaría de lo que quería escribir y ¡voila! No me acuerdo de nada.

Así que escribo esta entrada pajosa, con continuos rellenos de espacios, en un intento de conseguir recordar. Mientras, unas cuantas noticias rápidas de mi existencia. No, pensándolo bien, no tengo noticias rápidas de mi existencia. De hecho, creo que durante las Navidades nadie tiene noticias rápidas de su existencia, es un vacío, como los vacíos de poder de las leyes y gobiernos, es un espacio temporal en bucle como las dislocaciones (chiste inteligente). Pero de estos bucles temporales que derivan de la Navidad ya hablaré más adelante.

De los vacíos de poder no, de esos puedo hablar ahora. Ayer mi padre me explicó que mi abuelo está en una situación favorecedora en cuanto a delitos se refiere. Me dijo: “tu abuelo puede conducir sin carné y sin puntos y no le pasaría nada”. Ampliando, me dijo que a una persona mayor de una cierta edad no se la puede meter en la cárcel, igual que a los culpables de delitos que lo sacan de la cárcel llegada esa edad. Y pienso, ¿y si a un viejo loco (o no tan loco) le da por matar a la gente paseando por la calle?. Probablemente lo meterían a un asilo, pero ahí se quedaría el hombre tan tranquilo después de haber matado a todo Dios.

Y reflexionando aún más sobre el asunto, ¿y si la persona es muy rencorosa? Me considero bastante rencorosa y un poco desquiciada, así que si esto con la edad persevera, a lo mejor de anciana me da por buscar a mis enemigos e ir matándolos de uno en uno. Total, lo único que me pueden hacer es meterme en el asilo y ahí tendría comida, cama y a alguien que me hiciera compañía.

Así que hay muchas cosas que arreglar en las leyes, yo lo dejo ahí por si alguien quiere coger el testigo. Eso sí, antes avisad, no vaya a ser que yo de mayor me líe a matar gente y luego, de repente, sí que metan a la gente mayor en la cárcel.
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Y ahí estaba, esperándome. En el abrigo de un día oscuro en una semana nefasta, aquel cielo que hace pocas entradas menté sin nombrarlo, ese cielo que alumbra de noche, en el que las nubes tornasoladas clarean y se vuelven anaranjadas. El primer día que vi este cielo las nubes contrastaban con el negro cielo, era un constraste de la vida pero en ese momento era como la esperanza y la alegría. Hoy lo he vuelto a ver, a las 7. Se da rara vez, ya que nunca llego a mi casa a esa hora y no se da en ningún otro lugar que no sea el parque de camino. Hoy lo he vuelto a ver como una linterna compacta, no habían contrastes con el cielo, no habían resquicias de altura, sólo cúmulos de nubes.

Esta semana ha termina con esta esperanza. No ha sido una muy buena semana y el ver este cielo que tanto me sorprende y admiro ha sido una de las mejores cosas que me han pasado. En esta semana tenía puestas mis esperanzas en un examen muy importante. Era un examen que me había trabajado y por el que me había esforzado. Sé que a veces me quejo por suspender pero también sé que lo podría haber hecho mejor. En este examen he dado lo mejor de mí y es la primera vez que suspendo con tan buena nota (paradójico, pero matemáticamente estoy aprobada). Y a una le desespera el volcarse en un proyecto que se trunca, porque son horas en balde y esfuerzo no recompensado. Lo admito: no he podido evitar llorar, no he podido evitar estar un día asqueada de mí misma, en un ambiente nocivo de mi pérfida mente donde comencé a pensar mal de todas las cosas que no me parecían lo suficiente. Creo que es la primera vez que me paso un día tan callada.

Pero se sacan cosas positivas de estos momentos depresivos. He sacado tantas moralejas como horas tiene un día, he descubierto muchas cosas pero también, por este letargo, me he centrado en aspectos cuanto menos imaginativos. Y no me gusta volver a caer en mi típico error de ver cosas donde no las hay y eso que me ocurre con frecuencia. Pero poco a poco.

Me he descubierto riéndome por intentar salir por la entrada del metro. Es un gesto a veces cotidiando pero que a mí, en esos momentos de desencanto, me causó gracia. Y pensé que era una completa tontería quedarme parada en mitad del metro y reír, reír por algo tan mundano como equivocarse de salida. Me he descubierto, o mejor dicho, he descubierto que hay personas que sorprenden, que cuando menos te lo esperaa están ahí para apoyarte, y son personas en las que confías pero que nunca piensas que se vayan a preocupar más allá de la condescendencia. Otras, terminan escarmentando por su falta de tacto tarde o temprano. A otras, sin embargo, te apoyen o no les das la importancia suficiente, el empujón necesario para que se conviertan en apoyos.

Nunca logras saber si estas últimas obran por voluntad propia, por inercia tuya o nada de eso y son imaginaciones tuyas. Ese es mi caso, creo yo, porque siempre espero mucho de los demás con un mínimo de interés, porque no estoy acostumbrada ni a ese mínimo y lo magnifico en cuanto llega. Son personas que te dan lo que necesitas sin siquiera darse cuenta, no porque hagan cosas especiales, sino porque una misma les otorga la importancia que queremos. En estos momentos malos de la vida le he dado importancia a gestos, a palabras, a horas que a lo mejor son algo normal pero que yo importo (importo esos gestos, esas palabras y esas horas) creyendo que son más importantes que el propósito inicial.

Por eso no me gusta estar triste, y mucho menos en este estado alcoholizado de cariño que me martiriza. Pero estoy triste, estoy encariñada y tengo un manto tupido de nubes que alumbran. Puede que ahora mismo no esté en mi mejor momento, puede que vea pasar la vida en un tercer plano, que haya andado sin saber lo que hacía, que haya actuado de maneras que no recuerdo. Solo sé que ahora mismo estoy triste pero con una aceptación interna, que asumo las cosas con calma, que quiero abrazarte y que quiero estar a la intemperie bajo mi cielo, a las 7.

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La vida no nos busca, ni nos espera. Una vez has leído esto, ya puedes dejar de leer. Porque si lo has leído y no te ha sorprendido significa que ya lo sabías y eso te hace, cuanto menos, inteligente, pero sobretodo te hace una persona que sabe lo que quiere y aunque no haya vivido mucho encuentra respuesta a la vida. Si lo has leído, y no lo sabías, es probable que lo hayas entendido a la primera, y eso te horna porque aunque no le dediques a tu vida un tiempo mínimo de reflexión, sabes que podrías hacerlo con éxito en cualquier momento. Pero si lo has leído y todavía tienes dudas, si no sabes a lo que te enfrentas o no entiendes lo que quiero decir, puedes seguir leyendo, a lo mejor llegamos a un punto final que nos haga a todos capaces de comprender los misterios de la vida.

La vida no es nada. Y muy contrariamente a su significado, la vida no tiene vida. No puede hablarte, ni contarte cosas, ni aconsejarte por el camino. Se guarda unas reprimendas que no puede darte, y de nada vale echarle la culpa a algo que no concibe la culpabilidad. La vida es un nombre porque nos empeñamos en ponerle nombre a las cosas. A mí me parece bien, porque si necesitamos hablar de algo hay que ponerle nombre, incluso podemos nombrarlo sin nombre, dándole uno cuando no lo tendrá jamás, pero que nos valdrá para nuestro cometido. La vida es una circunstancia, un sentimiento. No puedes echarle la culpa al amor por el sufrimiento, tienes que echártelo a ti, a tu pareja, a tus amistades o a nadie, quién sabe, porque el amor no hace nada, ni dice ni desdice. No puedes echarle la culpa a la amistad por una relación fracasada, porque el fracaso es de las personas, no de la amistad. No puedes echarle la culpa la muerte, porque ella todavía se plantea en ocasiones por qué tiene que aparecer en todas las vidas que no son nada. La muerte no tiene la culpa de terminar con la vida, y la vida ni siquiera entiende quién es la muerte.
No puedes echarle la culpa a la vida por las decisiones que tomas. Cada cosa que podrías hacer y que le podrías reprochar a la vida tiene su nombre: decisiones, actos, pensamientos. Échale la culpa a ellos. O no, échatela a ti porque eres el que decidió hacer, tomar, pensar. O échale la culpa también a ellos, échate la culpa por tus ideas, échale la culpa a tu personalidad. Échale la culpa a la vida, porque sin ella no habría decisiones, actos, pensamientos, no se podría hacer, tomar pensar. No podrías ser tú. O échale la culpa a la muerte, porque no decidió llegar antes de que hicieras lo que hicieras.

Ahora suena muy duro, ¿no?. ¿Cómo puedes echarle la culpa a la muerte por no matarte antes? Pues entonces no le eches la culpa a la vida, échate la culpa por la falta de pensamiento. ¡Que vida más dura! Es una frase muy recurrente pero la vida es una palabra, ni dura ni blanda, si más sentimental que el odio o la pasión. La vida no es dura, haces que lo sea. Porque la vida no es nada pero tú la transformas en algo, para ti la vida se convierte en lo que tú quieres y si le echas la culpa a ella, se la estás echando a la visión que tienes de ti y de tu entorno.

¿Me entiendes ahora? Puede que me haya desviado, que mi intención de explicaros lo que era la vida se haya convertido en una explicación de que la culpabilidad culpa a los menos culpables. Pero entiendo que si no puedes culpar a algo, que es una cosa relativamente sencilla, es precisamente porque ese algo no es nada. No se puede culpar a nada, siempre se culpa a algo, a inocentes culpables a culpables inocentes. Se culpa con verdad o se culpa de cosas que han realizado los demás. La culpabilidad es algo que siempre se puede llevar a cabo. Pero la vida no tiene la culpa, no por lo menos en realidad, sí la tiene porque tú se la das, pero espero que entiendas que echarle la culpa a nada, es en realidad como soplarle al viento.
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El autocorrector falla. Son cosas del Word, que listo es un rato pero no lo suficiente. A lo mejor es un versado en el vocabulario vulgar, popular o estándar, quizá incluso en un vocabulario culto, pero no confundamos el culto con el clásico, habréme dado cuenta ya de que palabras como esas el Word ya no las acepta. Es como si de dejara claro que tienes que hablar en castellano, no en castellano antiguo.

Te dicta las reglas. Es como un profesor de primaria, te explica cómo tienes que hablar, con qué letra escribir, con qué vocabulario enfrentar la realidad. Es ese clip sobre una hoja amarillenta que te da sugerencias, pero no sugerencias que tomas si deseas, son ese tipo de sugerencias dichas con elegancia que se tornan obligación. Es un baile en el que te dejas llevar, tú no decides qué estilo de música hay que entonar, ni qué pasos debes dar, ni siquiera el vestido que te vas a poner para la ocasión, porque tienes claro que te dictan las reglas.

Con esto tengo un problema bastante grande. Se dice que cuando alguien tiene problemas que no ha superado, o que cada vez que alguien los menta se le revienta alguna vena de la furia y le sale un sarpullido es que es un trauma. Hace poco una profesora me dijo que si mi letra era la que había puesto al poner mi nombre y apellidos en la lista, ya podía mejorar mi caligrafía porque me suspenderían por ello. Yo no me meto con su letra, ni con su aspecto, ni en los motivos que tiene para meterse tanto con los periodistas (me atrevería a decir que tiene un trauma); hágame el favor y dedíqueme unos momentos. Atrévase a contestarme algo cuando le digo más de media vida escribiendo con esa letra y que ningún profesor ha tenido problemas para corregir mis exámenes.

Pero te dictan las reglas. Te rebelas durante unos instantes y luego asientes con la cabeza, porque sabes que la que lo palmará eres tú. Que si no cambias la letra, por mucho que se entienda, te suspenderán. La letra es importante para mí, en este caso por dos motivos. El primero, porque todos los de mi clase me dicen que mi letra se entiende; y no es condescendencia, es ponerse a leer y seguir el hilo de la frase sin problemas. La segunda, porque mi letra es muy personal. Ha pasado por tantas etapas como yo en mi vida, cada ve que sufría una transformación ahí estaba mi letra para acompañarme en el cambio. Ahora mismo es todo lo que soy yo, en todas y cada una de las letras, signos y expresiones y me molesta tener que hacer un examen sin ella. Es como si mi redacción perdiera un punto por ello.

Me he dejado llevar por la emoción, sabía que en cuanto mencionara algo de letras iba a saltar. Y es algo extraño, porque he conseguido no hablar de ellas durante un tiempo, pero en definitiva, cuando una espinita tienes clavada...¿Hay una canción sobre eso?

Yo a lo que venía a hablar, en realidad, era del vocabulario, y de los dolores de cabeza que le he causado al Word en estos días. No debe de ser fácil tener que ir agregando palabras en cada línea que voy escribiendo, debe de haberse sentido realmente tonto. Porque son palabras que existen pero que él desconoce, palabras técnicas que él no habla, jergas reales. Vete a contarle a alguien la mitad de las palabras que entiende el Word a ver si te siguen el juego, pero ahora ponte en su situación, piensa en la cara que se te quedaría al escuchar todas esas palabras que el Word desconoce, ya tienen que ser complicadas. La misma cara se me quedaría a mí, y eso que yo sí que tengo que conocerlas, hablarlas, entenderlas y saber expresarlas en un papel.

Y todas estas palabras que me tengo que aprender no me hacen más lista o más culta. Bueno, puede que más culta sí, pero más lista no, sigo sintiéndome la misma tonta de siempre, esa tonta que apareció hace un año y que antes no estaba. Pero he recuperado algo de antes, he recuperado mi redacción. Y es que, a pesar de que me quiten mi letra, hace casi un año y medio que no escribo exámenes redactados. Que coño, hace más de un año y medio que no escribo exámenes redactados, desde la PAU para ser exactos. Y los echaba de menos, echaba de menos el saber por qué la gente tenía entendido que era inteligente, por qué destacaba sobre los demás: por mi redacción.

Siempre fui buena redactando, siempre fui buena leyendo textos que luego tenía que plasmar. Y mejor aún, siempre fui buena memorizando sin memorizar. Podía estudiarme temas desde la primera hasta la última letra, sin cambiar ninguna, y luego cogerlos y explicarlos con mis propias palabras. Es lo que mejor se me da, escribir con mis propias palabras. Y aunque tenía este blog en el que escribo, no me quitaréis razón al decir que no es lo mismo hablar de uno mismo, que todo siempre es más fácil y cercan, que hablar de dislocaciones, fatiga, aceros y transformaciones sólido-líquido. Que puede parecer muy interesante, pero como no sepas de qué puñetas te están hablando, lo de la redacción se queda un poco cojo.

Estoy contenta, ¿se nota? Hoy me he estudiado casi todos los temas que tenía que estudiarme. Me los sé y te los puedo explicar, si quieres, aunque no creo que tengamos tanto tiempo para eso. Mejor te contentas con que te lo vaya relatando en fascículos, con que tengas pequeñas dudas que te pueda resolver, con que me hagas preguntas que te sepa contestar. Así podré demostrar que no sólo me sé un texto, sino que puedo localizar la idea y transmitírtela. Si lo hacemos así, funcionará, ¿no?
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Hoy ha vuelto a mí la melancolía. Esa melancolía buena, que echas de menos en ocasiones. Esa que, cuando menos te lo esperas, te obliga a escribir prosa desesperada y versos lastimeros incluso en casos como los míos, de verso prohibido. Esa que, cuando te levantas y ves que hace mal tiempo, te obliga a sonreír y pensar que el cielo te ha leído el pensamiento.

La melancolía buena, que se dice en el buen sentido de la palabra, que no es como la depresión, no te obliga a sentarte en un sillón a tomar helado o ver películas de amor, aunque tampoco te lo impide. No tienes que regirte por ningún canon de melancolía, ni pensar fórmulas complicadas para su expresión. Ni siquiera tienes que sentir que está ahí, puede que no salgas a recibirla y mucho menos que te percates de su presencia, y ella seguirá en su sitio como alguien que no ha sido recibido pero que sabe que no hacía falta.

Hace frío, mucho. Y entre estudio y estudio y la observación de mi nuevo piso, saco metáforas que me ayudan a estudiar. Son como estas complicadas marañas de palabras que uno inventa, para jugar con ellas con la intención de amenizar el aprendizaje, creo que se llaman fórmulas de memorización. Y pienso que mi casa es como una barra de acero, que en el exterior la temperatura es distinta que en el interior. Para enfriar el interior hay que enfriar mucho el exterior y aquí falla mi ecuación, porque en mi casa hace mucho más frío que fuera. Así que puedo pensar que mi casa es el exterior, y el resto del mundo es el interior de una vida. Que mi casa es la superficie y todo el entramado de estructuras y propiedades está en el interior, en las calles y la gente, y la ciudad.

En Sol han puesto un árbol. Un árbol tan grande que sólo puedes mirarlo, admirarlo, y pensar, que si la gente que anda por la calle en lugar de dar dando tumbos y evitando que la gente que tiene rumbo fijo llegue a su destino, se parara a contemplar el árbol, habría más gente que llegaría pronto a los sitios, más personas con propósitos y más admiración por las cosas. En la Calle Princesa las luces decoran el cielo, y piensas que es algo estúpido porque poca gente va en el coche fijándose en las luces y que deberían dejar los semáforos más en rojo, para que los conductores tuvieran tiempo de fijarse que la zona está iluminada, identificar el foco, y admirar el cielo.

El cielo estaba precioso antes de ayer. Ya no recuerdo que hora era, ni siquiera sé si la miré cuando lo vi. Solamente sé que al mirar al cielo era de noche, pero todo se veía. No eran las farolas del parque, ni la luz de la luna, podías mirar el cielo y diferenciar las nubes del azul, y los contrastes de colores. El cielo desprendía una luz anaranjada, y era marino como el océano y las nubes blancas se repartían en el cielo dejando esas franjas que me provocan metáforas para mi estudio, como si fueran compuestos de hierro carbono en un componente resultado de un enfriamiento esporádico.

Sentarse en una silla es complicado. Lo piensas durante un instante y afirmas que, si bien hay muchas cosas que llevan instrucciones, otras tantas no. Nadie ha hecho instrucciones para aprender a sentar en una silla, ni para saber cómo tienes que actuar en una silla. Eso se sabe, es natural. Por eso entiendo que algunas cosas no deberían llevar instrucciones, porque son naturales. No entiendo porqué, pero sé que aunque es complicado, no hace falta saber sentarse en una silla, tienes que descubrirlo. Llevo muchas horas sentada en una silla y la verdad es que cada vez lo veo más difícil, no es por lo que haces, sino por el simple hecho de estar ahí. Las sillas cansan, son pesadas, aunque están debajo y no sobre ti.

Pero aunque me tome estos tiempos de reflexión, creyendo por un instante que estoy engañando a alguien para que piense que sigo estudiando, la realidad es que tengo que estudiar. Pero lo bueno del día de hoy es, que aunque no he estudiado nada, la melancolía me ha hecho un favor. Me ha dicho que estudiar no es tan complicado y que puede llegar a ser entretenido. Así que con melancolías y sonrisas, pienso que las cosas son tan sencillas, que no sé por qué la gente no quiere a la melancolía.
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Me he aficionado a las encuestas. Es que a mí me gusta innovar, oye, soy bastante original cuando me lo propongo. Me he aficionado a conseguir dinero y la verdad es que con tanto tiempo libre (ironía) no se me ha ocurrido una forma mejor de conseguirlo. Así que, un día más, ¡bienvenido al mundo de las estafas!

No, no lo creo. Y si no, tranquilos, que en cuanto me timen ya os aviso. Me he registrado en una web de encuestas. Se trata de lo siguiente: tú rellenas encuestas que te mandan periódicamente y a cambio te dan un eurito por encuesta. Eso sí, tienes que rellenar primero 10 encuestas gratuitas para confirmar que te interesa esto de las encuestas y no lo dejes a las primeras de cambio. Vamos, que no se concibe que te de por rellenar las 10 encuestas y luego no quieras saber nada más de ellos, porque si eres capaz de aguantar casi un mes para rellenar las jodidas encuestas gratuitas, no tienes las narices de dejarlo cuando ya te van a pagar. ¿Me he explicado?

En realidad, no es algo complicado y te suma la diversión. A mi me gusta rellenar encuestas, mucho, y no porque tenga una obligación moral de exponer mis opiniones ni una necesidad imperiosa de que la gente sepa lo que quiero. No, no, me gustan porque son formas entretenidas de pasar el tiempo y porque tengo una manía: me gusta responder preguntas. ¿Habéis hecho alguna vez la payasada de, aburridos, dedicaros a hacer preguntas y contestarlas para pasar el rato? A mí me chiflaba y las encuestas no son más que preguntas sobre temas de comercio, sí, pero preguntas al fin y al cabo. Me da igual si me preguntan sobre mi animal favorito o sobre el banco más fiable, son preguntas al fin y al cabo.

Y si resulta que todo esto no es una patraña y que cuando termine las 10 encuestas en lugar de dejarme botada y no mandarme ninguna más, me las siguen enviando; y sin con todo eso las que me mandan me las remuneran en lugar de vacilarme, habré ganado algo muy importante: ganar dinero con cosas que me gustan. Ya sé que un euro por encuesta cuando como mucho te mandan dos a la semana no es un planazo. Pero oye, ocho euros al mes nunca vienen mal, sobre todo si la cosa se anima y te van enviando más encuestas y si consigues ahorrar ese dinero. Que vienen siendo 96 euros al año, que se dice poco. Vale que con eso no voy a comprarme un yate ni un 600, pero yo de estas cosas entiendo, que ver que te aparece dinero en la cuenta cuando no te lo esperabas te da una alegría, como si tuvieras un ángel de la guarda que te ingresa dinero, un mecenas de las antiguas épocas. El mecenas de las encuestas.

Llamadme loca, pero es que me emociono con facilidad. Y si de casualidad consigo sacar algo en claro con todo esto de las encuestas, ya os avisaré. Que ahora puede que no, pero con ocho euros al mes ya puedo ir al cine. Una vez al mes, pero menos es nada.
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¿Porcionista? O eso es lo que intenta darme a entender el autocorrector del Word. Que en vez de pocionista, soy porcionista; y no quiero enfadarme pero estas indirectas tan ofensivas no se lanzan a la ligera y sin ningún motivo.

Hoy he sacado cuentas, como a mí me gusta. Por fetiches numéricos tengo que escribir 33 entradas en aproximadamente 28 días y digo yo: ¿cómo diantres voy a hacer eso? Está claro que más de una al día tendré que escribir, de eso no cabe duda. También puedo hacer trampas y escribir en Enero poniendo como fecha Diciembre (claro ejemplo de cómo sumarle días al año). Pero supongo que pueden suceder las dos cosas más probables: que no escriba 33 entradas en estos días o que sí lo haga, con motivo de estas fiestas tan navideñas puedo dedicarme a escribir un poco más de mi día a día y un poco menos de cosas que reflexiono. En realidad, si escribo de mi día a día puede que saque más conclusiones que si me pongo a ello de lleno.

Me he dado cuenta de que mis entradas son reciclables. Y eso es interesante porque me evito tener que repetir las cosas, o triste para este récord que me quiero marcar, porque así evito tener que repetir las cosas. Espera, ¿me estoy repitiendo? Esta mañana he leído la entrada de Navidad que escribí el año pasado (y que si queréis leer podéis ojear aquí) donde hablaba del olor de la Navidad. Este año también huele a Navidad, se nota en el frío de la calle que es un frío áspero en el que se te prende fuego la boca y te obliga a andar como un pingüino evitando airear cualquier parte del cuerpo por si el frío arrecia. El resto del año no lo piensas, porque las épocas no huelen, no te huele a verano ni a primavera, y aunque haga frío no tiene el mismo olor que cuando es Noviembre o Diciembre.

Este año noto menos lo de las luces, he de decir que he sufrido una transformación temporal debido a mi reciente estado anímico de zombie. He estado unos días como una zombie, otros como un despojo humano, y aunque escribí una entrada al respecto de mi melancolía, como otras muchas veces sucederá que nunca llegará a estar aquí, y se quedará en un rincón por si algún día, para no variar, la reciclo. De momento, creo que no es necesario y que estas cosas no deben regodearse. Lamentos aparte, la Navidad ha llegado así, como una ofensa, sin avisar y pillándote en la ducha a medio lavar; no he podido prepararme para recibirla y entre cosas y cosas está ahí como quien no quiere nada. Podría afirmar que si no fuera porque las vacaciones de la universidad son apetitosas y con ostento, no me habría percatado de ello.

Y he desarrollado un concepto de la responsabilidad inusitado. Las bibliotecas inspiran responsabilidad, la mitad de las personas están susurrando y otro tanto haciendo como que estudian, pero en ese ambiente no te queda menos que hacer algo, a falta de susurros. Y es ahí cuando una mañana te cunde tanto, que te ves con capacidades desconocidas de poder hacer las cosas, de concentrarte y sacar adelante las penurias del estudiante. Este es mi propósito de Fin de Año: estudiar. Y si entre todos los parientes consigo estudiar (algo que no hice el año pasado) y tener unos buenos post-reyes de aprobados y alegrías, habré conseguido algo que nadie consigue, cumplir los propósitos.
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  • Este blog está lleno de ideas que se me pasan por la cabeza. La intención (la mayoría de las veces) no es ofender.
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Ruth Salinas

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