Vacío

09 abril 2014
Todo a su alrededor era sospechoso, tendencioso, malversado. Andar por la calle se convertía en la ausencia de inocencia y en la búsqueda de maldad ajena. El recorrido desde la estación hasta su hogar no era demasiado largo, lo que podía evitarle el llegar agotado por tanta agonía inducida, por toda la pena que creía ver en cada rincón de la abierta y extensa calle directa.

No le gustaba la multitud del metro. Tenía que lidiar con sus peores pesadillas nada más pararse en su estación. La gente tenía derecho a bajarse en cualquier lugar que quisiera y sin embargo, cuando él se disponía a caminar, siempre se veía obligado a mirar con los ojos entornados hacia atrás, para intimidar a todo aquel que cogiera el mismo camino. "No me sigas más", quería expresar su mirada, pues sus primeros pensamientos malignos versaban en cómo una persona puede pasar de andar tranquila a perseguir a un joven desconocido.

Seguir andando le causaba más problemas, pero él no podía hacer otra cosa que cerrar los ojos y decidir caminar lo más rápido posible para poder llegar a casa. Una anciana sentada en un banco lo miró intimidatoriamente durante los breves segundos que tuvo que pasar por su lado mientras él sonreía: al parecer, no era el único que sospechaba de todo. No era un día especialmente tumultuoso, por lo que respirar aliviado fue lo mejor que pudo hacer, con la sensación en el aire de que sin duda ese día iba a poder llegar sano y salvo a casa, sin dolor de cabeza, sin sufrir.

Una pareja salió de un portal colindante, en un principio anduvieron unos pasos y seguidamente se despidieron, dándose un beso amoroso. Pero sin duda, el hecho de una normal despedida de pareja que se ama no era condición suficiente para que él pasara de largo como si nada. Sin duda, amantes que tras consumar su secreto amor en el apartamento de alguno, se despedían con pasión y recelo, sin saber cuándo iban a poder verse de nuevo. Ni una vida juntos, ni amor, sólo engaño y secretísimo.

Una mujer embarazada, recién salida de la peluquería, andaba cerca de su hijo en dirección a casa. Con una sonrisa en la cara le mostraba su nuevo peinado en una confirmación de que había hecho lo correcto. Y otra vez, esa mujer feliz y madre de familia se tornó en alguien que era madre soltera, que desconocía el nombre del padre de su futuro hijo (y probablemente el de su hijo mayor también) y que había pasado por rehabilitación, si es que no tenía que volver a ir una vez diera a luz.

Y de pronto, la calle despejada. Vacía, sin nadie a quien mirar con recelo, sin nadie a quien juzgar deliberadamente. Y pareció como si de su corazón cayese un peso, se liberara de la cruel carga que tenía que vivir todos los días por tener una mente tan perjudicial para él. Porque todas las personas que recorrían la calle sin duda desconocían de todos sus pensamientos, y nadie jamás sabría que pasaba por esa mente. Sólo él tenía que aguantar cómo cada uno de los prejuiciosos pensamientos le atormentaban más allá de su casa, lejos de sus cuatro paredes protectoras que lo liberaban del mundo exterior. Pero nadie jamás sospecharía de que tenía una mente tan pervertida, nunca exteriorizó su tristeza más allá de la excusa de un mal día en clase.

Llegó a su portal, buscó las llaves ansioso y volvió a respirar una vez más. Ya estaba en casa y la próxima vez que saliera a la calle probablemente ya no estaría solo, como en esos momentos al volver de la universidad. Metió la llave en la cerradura, sonrió y se dispuso a entrar.

Sobre las influencias

07 abril 2014
Se puede decir de alguien que influye, según el DRAE, que ejerce predominio o fuerza moral. Me he quedado un poco perpleja al leer esta definición ya que puede dar a entender que alguien sin moral no tiene ningún tipo de fuerza moral y, con ello, no es capaz de influir en nadie.

No obstante, ¿quién es el encargado de decidir cuál es la moral y la “mala moral”? Vuelvo a poner un ejemplo del nazismo no porque esté obsesionada, sino porque es una etapa de la historia con un contenido inmenso. En aquella época, casi media Europa opinaba que lo moral era acabar con los judíos y exterminar a todo eslabón débil de la evolución humana. Si te vas a un rango mundial, el número de personas en contra es mayor y pasa a ser algo amoral.

¿Es la mayoría la que se encarga de decidir lo que es moral y lo que no? Porque si la moral es tan subjetiva, pierde toda la validez con la que se emplea, en muchas ocasiones, de sentencia. Algo pasaría a ser moral de la noche a la mañana si simplemente a muchos les diera por cambiar su forma de pensar.

Y de aquí a entrar en un bucle infinito hay un paso, el paso de saber que la influencia depende de la moral, y que ésta es influenciable. Visto así es casi imposible pensar que alguien no se deje influir y supongo que aquí es donde hace acto de presencia la convicción, la capacidad de desarrollar tu propia moral a expensas de lo que digan los demás, una moral oculta bajo otra “reglamentaria”.

Yo he desarrollado mi propia moral, o amoral como creo que muchos la calificarían, y aunque es en su gran mayoría incompatible con la que “está de moda” es la que me define como persona y la que creo mejor para mí, pero también para los demás. No soy nadie para decirle a los demás lo que tienen que pensar, pero sí que puede que un día me dé por compartir mis pensamientos e influir en otros con los mismos o conseguir que personas que ya compartían aspectos de mi amoralidad se sientan liberadas y acompañadas.

Porque muchas veces nos asustamos porque nuestra amoralidad no va a juego con la moral social, pero puede que un día sí lo fuera, o que con el tiempo no sea amoral sino triunfal.

Pensamiento abstracto

03 abril 2014

Me gusta que me cambien las ideas, me gusta hacerme escritorios y andar como Jesús sobre las aguas. Lo primer me pasa con frecuencia porque creo que desarrollar tus pensamientos es consecuencia lógica del propio pensar y porque no es lo mismo cambiar de idea que cambiar las mismas. Es más productivo y placentero si te las cambian otros, si consigues llenarte de puntos de vista favorables pero también nocivos, que de éstos se aprende todo de la persona. Igual es que los demás no son dados a invasiones cerebrales por si descubren que sus ideas no valen nada al lado de otras profundas y colmadas de significado.

Lo segundo es algo que tiendo a hacer con frecuencia siempre a costa de los demás. Crear escritorios implica acaparar espacio, e incluso a veces habitarlo impidiendo que otro venga a ocuparlo. No niego que es un poco egoísta de mi parte, pero en mi defensa argumento que me gusta tener todo esparcido, con un orden caótico, para verlo desde lejos.

La tercera no la hago nunca. No porque, obviamente, sea incapaz de andar sobre el agua, sino porque una vez más antepongo la situación a mi vida. Puede que alguna tarde haya salido de mi casa, cogiese el metro hasta una parada aleatoria y únicamente estuviera acompañada, durante horas, de mi música y pensamientos. Pero hace demasiado tiempo que no lo hago, demasiado tiempo que no hago muchas cosas.

Demasiado tiempo que no pienso como antes, que no hilvano las palabras perdiéndome en su significado, que no invento ni desconcierto. Puede que no me importe, he sustituido el pensamiento abstracto por la idea directa, la filosofía de no rendir ante nadie, de no ser malinterpretada. Siempre he sido bastante dura, directa, reservándome la locura para mis momentos sentada frente a nada. Puede que no me importe, he decidido ser directa de pensamiento y palabra, que me dará lo mismo decirlo todo con dos palabras a que llenar letras de vacío.

A veces me dicen que he cambiado, y no lo niego, pero no de la forma condescendiente y manipulable que los demás creen. Digo lo que me apetece y no es más que verdad sin teatro y mis sonrisas valen lo que significan. Es menos cansado estar serio que reírse, pero yo sonrío, porque puedo y porque es importante. Me río de ti, de la viea y de todos, pero también puedo reírme contigo, con las ocurrencias y porque me apetece. Lo mejor de todo es que puedo hacerlo a la vez y en un simple gesto

Es posible que haya cambiado el pensamiento abstracto por sonrisas y que, al final, siempre termine diciendo demasiado sin que nadie lo entienda.