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Andaba por la calle rebosante de personas que no se fijaban en ella. Todos iban muy atareados, agobiados por todos los quehaceres que tenían pendientes y el poco tiempo del que disponían. Pero ella seguía andando por esa calle adoquinada, con el suelo gastado por el paso de los carruajes.
Miraba a todas partes, buscando algo que anhelaba desde siempre y no encontraba por mucho que se empeñara en buscar.
Andaba con la cara pálida y los labios violáceos debido al frío. Aún así, la inocente niña sólo contaba con una bufanda deshilachada, unos guantes con algunos huecos, una chaquetita que consiguió en algún rincón abandonado, una camisita a juego con sus holgados pantalones y unos zapatos con las suelas tan gastadas, que avisaban de que por poco tiempo podrían aguantar.
Sus rubios rizos ondeaban cerca de su cara, debido al fuerte viento incansable que soplaba intentando llevarse la vida de la pobre niña que buscaba.
Siempre, a la misma hora, salía de su rinconcito para buscar entre las calles a los padres que nunca tuvo. Miraba a todas las personas, buscando a alguien que le sonriera al pasar y le dedicara unas cálidas palabras. Alguien que tan sólo reparara en su presencia.
Pero las personas tenían prisa. Y todos los días evitaban a la niña con malas caras e incluso, algunas veces, casi ni la veían. Tan ocupados estaban todos...
Un día sin previo aviso, la niña que tanto buscaba, decidió volver de nuevo a su rincón y probar suerte otro día, cuando una mujer se le acercó y con una dulce cara le dio una gran piruleta rosa, con forma de corazón. La niña, ilusionada, le dio mil veces las gracias mientras saboreaba esa piruleta tan rica, que nunca había podido probar al no tener dinero ni para una barra de pan.
La mujer siguió cerca de ella, dando un agradable paseo por el parque, sin mediar palabras. ¡Qué mas da! pensó la niña. A ella no le hacía falta hablar para saber que esa mujer la había visto, se había dado cuenta de que pasaba por la calle y es más, le había regalado una piruleta sin pedir nada a cambio. Esa mujer no tenía prisa, estaría con ella todo el tiempo que quisiera.
Los días se sucedían y en todos ellos, cualquiera que pasara por aquel parque podría ver a la niña de los cabellos rubios con esa mujer que dedicaba parte de su tiempo, ese tiempo tan preciado para el resto de habitantes, a estar con la niña que ya no buscaba por las calles.
¡Pero pobre niña! Siempre tan desdichada. Una tarde iba por la calle tranquila, comiendo de una piruleta nueva que había empezado el día anterior, pero como no quería comérsela toda, la había guardado para el día siguiente. Se situó en el sitio donde siempre se encontraba con la mujer que tantos buenos momentos le había dado.
Pasaron las horas pero la mujer no aparecía. Ya era tarde, y habían pocos transeúntes por las calles, las chimemeas humeaban y las luces se apagaban poco a poco. Pero la niña no se movía del lugar. Quizá haya tenido ocupaciones y venga más tarde, pensaba la inocente niña. Pero por horas que pasaban, la mujer no aparecía y la niña, por miedo a no verla nunca más, no se movía por si aparecía y ella no estaba. La temperatura era muy baja y las andrajosas ropas de la niñita no le quitaban mucho el frío, pero ella estaba convencida de que la mujer aparecería.
A la mañana siguiente, se volvieron a ver las personas por las calles, tan atareadas y molestas con todo...Siempre todos ocupados. Tanto lo estaban, que no repararon en la pobre niñita que yacía en el suelo, cerca del lugar en el que se encontraba con esa mujer. No vieron a la pobre niña tumbada en el suelo, muerta por el frío, con su rosa piruleta en la mano, la piruleta que le regaló la mujer que la acompañaba todas las tardes. Y allí esperó la niña, esperó eternamente.


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La siempre solitaria cuidadora de mariposas, estaba sentada en el porche de su pequeña casita a las afueras de la ciudad siempre insatisfecha.
Le gustaba la soledad de una tarde tranquila con la compañía de sus buenas mariposas que le aportaban seguridad y cariño. Siempre estaban con ella y nunca la importunaban.
La mujer no solía acercarse mucho a la ciudad. La polución, la gente siempre tan altanera y los peligros de la metrópolis no le gustaban demasiado a la tranquila señora. Pero una tarde decidió dar un paseo para ver las miserias del mundo, dejando a sus pobre mariposas solas, pero por poco tiempo, ya que no tenía la fuerza necesaria para abandonarlas durante un largo periodo.
Las calles y sus habitantes estaban igual que siempre, nada parecía cambiar las malas costumbres de las personas. Al andar por una calle sinuosa llena de gente preocupada y con prisas indecorosas, encontró a una pequeña niñita que parecía no tener dinero ni familia y andaba por esa calle perdida con la mirada triste. Entró en una tiendita de cerca y compró una piruleta enorme y preciosa para esa niña, a la que se le iluminó la cara de felicidad al ver a la mujer. Caminaron durante horas sin decirse una palabra. La mujer comprendía que para esa niña, la compañía de alguien era algo con lo que no contaba desde hacía mucho tiempo y que eso, le bastaba para ser feliz por lo menos esa tarde.
Desde entonces, la mujer decidió ir todos los días a la ciudad para encontrarse con la niña. Pasaban ratos agradables y por las noches, la mujer le hablaba a sus mariposas de la vida de la niña, de como era y de sus tardes, para que las mariposas no se sintieran tristes y vieran, que la niña necesitaba de la mujer. A veces hablaba de llevar a la niña para que se conocieran, y la niña maravillada al pensar en las mariposas que vería, rebosaba de felicidad y volvía el color a sus mejillas.
La tarde en la que la mujer estaba dispuesta a llevar a la niña para que viera las mariposas, que por supuesto iba a ser una gran sorpresa, había recogido todo en su casita y había puesto las mariposas en un bonito lugar. Las mariposas parecían realmente contentas por tener más visita que la de su dueña y todas ellas se quedaron quietas en las jaulas esperando a que la mujer volviera de la ciudad con la niña de la mano.
La mujer, contenta y con gran emoción, iba por la ciudad y decidió coger un atajo para llegar antes y que la niña pudiera disfrutar de más tiempo con sus queridas mariposas.Al girar por el callejón, se encontró un grupo de bándalos dispuestos a atracar a la mujer. Ella les suplicaba que la dejaran ir, ya que no tenía nada para darles y si lo tuviera, con gusto se lo daría. Pero aquellos ladronzuelos no parecían muy dispuestos a dejar ir a su presa sin haber conseguido nada. La amenazaban con un cuchillo afilado pero la mujer, suplicante, decía una y otra vez que no tenía nada. Pero aquello no bastó, los bándalos la atacaron y le clavaron el cuchillo en el abdomen. Cuando iban a dar el segundo cuchillazo, surcaron el cielo decenas de mariposas que con rapidez, descendieron en picado y sobrevolaron a los atacantes de la mujer. Éstos salieron corriendo, pensando que no iban a sacar nada de una pelea contra unas míseras mariposas. Las mariposas rodearon a la mujer, preocupadas.Pero ya era tarde. Aquel cuchillazo terminó con la vida de la pobre mujer y las mariposas nada pudieron hacer sino quedarse a su alrededor, velando porque en otro lugar le fuera mejor.
Durante los siguientes días las mariposas intentaron buscar a esa niña que se había quedado de nuevo sola. Pero por mucho que lo intentaron e intentaron, nunca pudieron encontrar a la niña de los rizos dorados.


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  • Este blog está lleno de ideas que se me pasan por la cabeza. La intención (la mayoría de las veces) no es ofender.
  • Hola, mi nombre es Ruth y soy ingeniera aeronáutica, residente en Madrid (España)
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Ruth Salinas

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